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jueves, 7 de marzo de 2013

Misericordia Señor, misericordia




"Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen..."

En esta plegaria el Hijo, mediador y único que le conoce, pide al Padre, sabiendo que no le responderá con una piedra ni con una serpiente. Le pide a aquel que es providencial, generoso y misericordioso.

El Hijo, habiendo perdonado él, pide el perdón del Padre. Y añade, justificando y exculpando a los defendidos: porque no saben lo que hacen.

Pero, ¿Quien puede no saber lo que hace? Quizá el niño pequeño, que no es consciente de las cosas; o el ignorante, que no está preparado y desconoce; o el que está lejos y no ha recibido la noticia; tal vez el que es ciego o sordo y no puede ver o escuchar.

Pero el Hijo cuando dice esto, lo hace refiriéndose a sus verdugos y torturadores, a quienes le rechazan; y si, entre ellos pueden haber ignorantes y alejados, pero en su plegaria él incluye a hombres preparados, su propia gente, que le han visto y le han escuchado. ¿Por qué dice entonces que estos hombres no saben lo que hacen? ¿Más aún, cuando al saber, parece que actúan con premeditación y alevosía, movidos por la codicia, el egoísmo y la soberbia?

El Hijo habla con el Padre, pero ya el Padre lo sabe todo; más aún, el Hijo está en el Padre y son uno sólo. El Hijo habla en tono audible con el Padre, y lo hace para que todos nosotros le escuchemos; nos conoce muy bien, no solo por ser nuestro creador, sino porque se hizo uno de nosotros. Con esta plegaria nos interpela y nos llama a la reflexión: ¿Oye tu, sabes o no sabes lo que estás haciendo?

Si Dios misericordioso no toma la iniciativa del perdón, no tenemos caso. Si no nos damos cuenta de nuestra debilidad y falibilidad frente a las tentaciones, tampoco.

Y realmente no sabemos lo que hacemos. Si sólo pudiéramos ver el daño que infligimos a nuestra alma; las rasgaduras y manchas al traje de la Gracia, que recibimos en nuestro bautismo, para participar en el banquete celestial. Si fuéramos conscientes del desprecio que hacemos a Dios y del rechazo que hacemos de los bienes celestiales. Si tan sólo imagináramos lo que significa una eternidad sin Dios, sin Amor.

Por eso digamos: Señor, perdóname, porque en esos momentos que me alejo de ti, prefiriendo otras cosas por encima de ti, verdaderamente no se lo que estoy haciendo; voy actuando como un apostador porque no sé cuando llegará mi hora ni si tendré tiempo de reconciliarme. En tu misericordia confío. Ayúdame Señor, a ser dócil y dejarme llevar por ti. Guíame, tu que eres camino, verdad y vida.