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viernes, 15 de mayo de 2009

Siguiendo a Jesús

“Si quieres ser perfecto - le dijo Jesús - ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 19, 21).

¿Vender todo lo que se tiene y darlo a los pobres? Si esto se hace literalmente para dar todo lo recaudado a los pobres, entonces mañana, después que nos lo hayamos comido, todos seríamos pobres; ellos que ya lo son y también yo con los míos. ¿Puedo cumplir el mandato de Jesucristo sin enfrentar este destino? “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”  (Mt 19, 26).

Ya he leído antes en el Evangelio sobre vender todo: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt 13, 44). En esta parábola, el hombre vende todo para comprar el campo con el tesoro escondido. Vive un proceso de conversión más que profunda, completa. Venderlo todo significa dejar atrás toda su vida anterior. Comprar el campo con el tesoro escondido significa vivir una vida nueva, como un hombre nuevo, en armonía con la fe, siguiendo a Jesucristo, viviendo por Él, viviendo en Él (cf. Gál 2, 20).

Sobre la riqueza de bienes materiales, siempre debemos recordar que todo bien viene de Dios, y debemos agradecerle a Él  por todo bien que recibimos. Toda la tierra le pertenece a Él (cf. Ex 19, 5; Sal 24, 1) y nos la ha dado a los hombres y mujeres para nuestro beneficio (cf. Gén 1, 28-30); pero no para que atesoremos los bienes materiales: “No acumulen tesoros en la tierra, si no en el cielo. Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (cf. Mt 6, 19-21). Más bien, Jesús nos dice: “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33). Sin importar si se tiene en abundancia o no, cualquier bien material se disfruta plenamente cuando se puede usar para hacer obras buenas, compartiéndolo, con generosidad (cf. 1 Tim 6, 17-18). También debemos recordar que “al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más” (cf. Lc 12, 41-48).

A la luz de estas reflexiones, puedo decir que yo, que seguí la vocación del matrimonio y he fundado una familia, puedo ver un camino en el que puedo corresponder a la “realidad histórica” de mi vida, en armonía con mi fe. Efectivamente, durante mi conversión he, más que vendido, liquidado mi vida anterior. Y aunque pueden quedar algunas cosas pendientes, para mí y para las personas que me conocen, mi vida ha cambiado sustancialmente. Ahora vivo para que mi vida y mi fe sean una sola cosa.

Todos mis bienes estarán en breve a la disposición del pobre. Y lo hago libremente, porque así lo prefiere Dios. Porque no hay mérito en hacerlo obligado por los hombres. No hay mérito en quien obliga, ni hay mérito en quien es obligado. Es en esta decisión en donde no solo creo en Jesús, si no que también le creo a Jesús, creo en su Evangelio. Es aquí en donde reconozco que no soy dueño si no administrador. Todo se entrega al pobre, pero no como una dádiva efímera. Es aquí en donde se materializa la idea de un instituto para capacitar en oficios a un tipo de pobre muy particular. Se trata de personas que son pobres porque no tienen opción, porque no estudian, porque no tienen trabajo, porque no se realizan productivamente. Estos pobres son aquellos con discapacidad intelectual. Todos tenemos un talento y ellos están esperando para que les ayudemos a descubrir el suyo. Todo esto ocurrirá en una modesta finca denominada Nazaret, porque este es el lugar en donde el Cielo se encontró con la tierra, en donde el Verbo se hizo carne y en donde, desde niño, aprendió el oficio de carpintero bajo la guía de su padre adoptivo. Este proyecto es el resultado de una idea que venimos acariciando desde hace unos cuatro años y que hemos compartido, mi esposa y yo, con muchos de ustedes. Les pido nos incluyan en sus oraciones para que todo se realice según la voluntad de Dios.

No sé si esto me dará un tesoro en el Cielo. Y en realidad no es esto lo que me mueve. Como escribió en sus versos Fray Miguel de Guevara, es Cristo quien me mueve. Es Él quien desde esa cruz con su mirada me dice Yo Soy el Camino, la Verdad, y la Vida. Aquí voy Jesús. Todo lo hago por ti, todo lo hago para ti.

Lorenzo D. Sanjuán