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martes, 23 de diciembre de 2008

Unos Minutos antes de Nochebuena

(NOTA: recomendado para leer en voz alta, en familia y con los amigos, alrededor del pesebre, cuando falten unos cinco minutos antes de las 12 de la noche).

María y José, son peregrinos en busca de posada y llegan hasta la puerta de los corazones y tocan en cada uno y en todos. Escuchen bien: “tun-tun”.

En algunas puertas no responden. Y el buen José muy preocupado le comenta a la dulcísima María: ¿Será que no hay nadie adentro? ¿Pero cómo es posible? Debería al menos responder el buen espíritu del dueño de este corazón. ¿Será que ya ha muerto? Y la buena María para tranquilizar al angustiado José, le dice: recemos por el buen espíritu de este corazón para que nuestro Padre celestial tenga piedad de él.

Prosiguen su camino y en otras puertas abren, pero al verlos, simplemente los rechazan y les tiran un portazo en la cara. Y el humilde José le dice a la sencilla María: ¿Será que esperaban a alguien más, otra gente y otras cosas, y se han molestado al ver que solo somos nosotros y el niño que quiere nacer? Quizá pensaron que veníamos a importunar y a molestar sus planes para esta noche. Y la preciosa María lo alienta a continuar, diciéndole: había muchas luces, pero aún así estaba muy oscuro, pidamos al Señor que les dé luz verdadera para que, en su espera y en lo que  buscan, puedan finalmente encontrar y recibir lo que es realmente importante.

Más adelante otros abren la puerta y dicen que su corazón es muy pequeño y pobre y que ya no tienen espacio ni nada que ofrecer. Y el justo José le comenta a la modesta María: esto es muy curioso porque estos corazones son iguales a todos los que hemos visto, pero sus dueños son muy apocados y no se dan cuenta que tienen tanto para ofrecer como los demás. Y la maternal María le dice a José: no te preocupes más, les dejé una de las dos alforjas que traíamos, así aprenderán que por muy pobre que seas, siempre tendrás para dar la mitad de lo que tienes.

Luego llegaron a una puerta que estaba abierta y había gente que entraba y salía. Había adentro mucha gente pero ninguno hablaba con otro, era como si cada quien estuviera solo y a nadie le importaba la vida del que tenía al lado. Y José exclamó, ¡ciertamente este es el lugar más frío de todos los que hemos visto esta noche! Estando tan cerca todos, guardan la distancia de la indiferencia y no se comprometen. Y la preciosa María le preguntó a José, ¿Te parece si les dejó mi manto para que sientan el calor que proviene de la humanidad verdadera? Y así lo hicieron y prosiguieron su camino.

Han llegado ya hasta la última puerta. Encima de la aldaba está tu nombre (NOTA: y señalando a cada uno dices: “y el tuyo”). Ya José y María están a punto de tocar ¿estás listo para responder? Lo único que necesitas para recibirlos es AMOR para dar. Permite que el Niño nazca en tu corazón. Si lo haces, lo reconocerás en el rostro de todos los que están a tu alrededor, ¡Míralos es el mismo rostro de Jesús! También debes buscarlo en el rostro de todos los que no vinieron hoy, en los que están lejos, incluso en los desconocidos que te cruzas en la calle, sobre todo en los más pequeños y en los que padecen necesidad.

El Niño ya está entre nosotros “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace(Lc 2, 14). Él nos trae un presente, que es la buena noticia y promesa del Reino de los Cielos. Él solo nos pide un presente, que sigamos la senda de las bienaventuranzas hasta que lleguemos a esta felicidad que es plenitud de vida y de santidad.

Que Dios los bendiga a TODOS, ¡Feliz Navidad!

(NOTA: bendiga y abrace personalmente a todas las personas presentes; llame telefónicamente a quienes estén lejos).

 

Por Lorenzo D Sanjuán

2008

martes, 9 de diciembre de 2008

¿Creer en la Ciencia?...

Hace unos pocos días, desde su poderosa palestra en la prensa, un articulista hacía apología del ateísmo. Remataba proponiendo que, aquellos que querían creer en algo, se aferraran a la ciencia porque, según él, allí estaban a punto de encontrar todas las respuestas, es decir: la Verdad.



Su planteamiento se limita casi exclusivamente a la negación de Dios y a elevar la ciencia a la condición de religión. Ante tal oferta, como primera reacción, la prudencia para responder. ¿Creer en la Ciencia? ¿Pero qué es la ciencia? La ciencia (scientia) es esencialmente conocimiento. Pero no el conocimiento que tiene cualquier animal. Es conocimiento humano: sistematizado, razonado, probado metódicamente. Conocimiento que hemos alcanzado y acumulado solo gracias a nuestro nivel de Conciencia (conscientia). Esta última es una propiedad del espíritu que nos permite reconocernos a nosotros mismos y nuestra temporalidad, y nos ayuda a diferenciar el bien del mal. Si tenemos espíritu dejamos de ser solo materia. Y entonces nos damos cuenta que precisamente vivimos, no porque seamos materia sino porque tenemos espíritu.



¿Y de dónde viene este espíritu? ¿Acaso conocemos de algún logro científico en el que se haya sintetizado algún espíritu de laboratorio? La ciencia apenas puede explicar las nociones de la evolución. La ciencia no ha podido proporcionar una respuesta para explicar el origen de la vida, y no podrá hacerlo porque la respuesta no es científica.



Definitivamente somos las únicas criaturas de este mundo que, gracias a la conciencia que se nos ha dado, podemos llegar a conocer a Dios. Pudiera concordar con el referido articulista en un punto. Si alguno no cree en nada y necesita comenzar a creer en algo, puede dar un primer paso comenzando por la ciencia. Querer creer ya es, en sí mismo, vocación del espíritu. A diferencia del articulista, mi invitación es a que no se quede allí y continúe avanzando hasta encontrarse con Dios.